Alguna vez, recuerdo haber
deliberado acerca de la razón de la locura. Aquella vez en el nosocomio y
después de conocer a la joven del rostro pálido, hermoso y lleno de encanto;
terminé por sortear la razón de mi lucidez.
Por algún motivo que mi frágil
mente hoy ignora, me encontré sentado a su costado en una de las bancas del
jardín. Extrañamente abordado por una particular curiosidad, recuerdo haber
soltado, sin vergüenza alguna, una indiscreta interrogante: ¿Por qué estás
aquí?
De pronto, con asombro y haciendo
un gesto que parecía me reprochaba lo impertinente que resultaba mi pregunta,
me miró. Luego de un instante, retomó su mirada hacia un horizonte perdido y
sin prisa respondió: Mi madre quiso hacer de mí una reproducción de sí misma; también
mi tía. Mi padre, deseaba que fuera la imagen de su ilustre madre. Mi hermano,
pintaba a su esposa la doctora en leyes, como ejemplo perfecto a seguir. Mi
hermana pensaba que debería ser como ella, una reconocida modelo del medio
local. Mis profesores, algunos vecinos y hasta mis “amigos”, ellos también fueron
terminantes y cada uno quiso que fuera el reflejo de sus propios rostros en el
espejo. Sin embargo no pude cumplir con sendas expectativas, por eso es que
estoy aquí; encontré este lugar más sano. Al menos aquí puedo ser yo misma.
Entonces, después de un breve
sigilo, se volvió hacia mí y dijo: ¿Te condujeron a este lugar la educación y
el buen consejo?
Atónito, respondí tímidamente:
¡NO!, yo soy un visitante.
¡Oh! Entiendo –respondió
sonriente- tu eres uno de los que vive en ese manicomio al otro lado de la
pared.
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